Debido a escarmientos previos con el tren de Francia, para mi desplazamiento a París decidí utilizar el avión. Bueno, realmente la decisión de coger un avión no tenía nada que ver el retraso sufrido una semana antes, sino que más bien la de horas que tendría que pasar en el dichoso tren (un total de 6.30 ida y otras tantas para la vuelta) y el precio (aproximadamente 200 euros). Así que decidí que era mejor pagar menos y hacer un trayecto de sólo hora y media. De este modo, en lugar de estar en Paris 24 horas pude estar allí 48.
Debido a la sensibilización de estos días con el transporte aéreo (aquí tengo la impresión de que sólo lo notamos los españoles), cualquier pequeño incidente te pone el corazón a mil. Nada más llegar al aeropuerto vi que todos los aviones a París sufrían un retraso de 10 minutos, lo cual no me inquietó. Sin embargo, esperando para embarcar, la cosa no me gustaba demasiado. El avión que no lo daban puesto allí, después que no abren la puerta para embarcar, se monta un lío tremendo ya que comienzan a llamar por filas (se supone que así se embarca antes, pero yo no acabo de verlo del todo claro). Una vez que estamos todos dentro (incluso la señora que llegó tarde), aquello que no arranca, auxiliares para arriba y para abajo.... así de allí a 40 minutos nos habla el capitán (o comandante, o piloto, o como se llame).
"Muchas gracias por su paciencia suplementaria... hemos tenido que esperar
debido a que habia un pequeño problema con la puerta que no cerraba, pero que ya está solucionado"
Internamente empiezo a entrar en crisis, eso si, transmito tranquilidad y serenidad ya que a mi alrededor hay un grupo de niños de estos que viajan solos... Inspira... Además aunque generalmente no lo hago, decido prestar atención a la demostración sobre las medidas de seguridad en caso de emergencia.
Despegamos, y a pesar del sueño que tengo en esos momentos, soy incapaz de dormirme. Llegando a París segunda buena sorpresa: una niebla que no veo el fina del ala del avión. Y el tierno niño que está a mi izquierda me pregunta con cara de preocupación si eso es niebla... En fin, a veces hay que mentir un poco (o disimular la realidad), por lo que con esa serenidad que me caracteriza le contesto: No, es que estamos entre las nubes, pero dentro de un rato veremos París (por dentro mis pensamientos son: Niño, no preguntes, no quiero mirar por la ventana. Aterrizamos sin problema y vemos más o menos París, con lluvia (¡qué maravilla!). Esta vez me he informado previamente del tiempo, y si en Lyon tuve que aguantar el agua... esta vez tengo unos playeros de repuesto. En fin, salgo del aeropuerto, busco un bus especial que me lleve al centro y que ya sé que me va a clavar 10 eurazos y llego al sitio en el que había quedado. Últimamente parece que le esto cogiendo gustillo a esto de viajar que incluso me muevo por la ciudad con menos miedo a perderme.
Durante los dos días que estuve allí me di cuenta de que lo que me habían dicho durante todos estos años era cierto: París es grande, muy-muy grande. Si todo está aparentemente cerca, a tamaño real te das cuenta de que aunque todo está más o menos en línea recta, pero para llegar del punto A al punto B necesitas armarte de paciencia y llevarte una botella de agua para evitar la deshidratación (peazo caminatas). No obstante, aún con todo conseguí ver en poco tiempo lo más típico: la Torre Eiffel (impresionante en persona), la famosa Notre-Dame (sí, la del jorobado), el Louvre (y su pirámide que sale en el Código Da-Vinci), el Arco del Triunfo, la Plaza de la Concordia, Mercadillos al lado del Sena... Eso sí, todo ello lo vi por fuera dado que en esta época (e imagino que el resto del año también), eso está lleno de turistas que se empeñan en entrar todos en los mismos sitios. Así te encuentras con colas de hora y media en todos los lados. Por el tiempo que iba a estar en la ciudad, decidí que con verlo todo desde fuera era suficiente, si algún día voy con más calma igual tengo la pacienca de esperar para entrar en algún lado. Además de todo eso, me dio tiempo a salir, comer fuera y tomarme unas cañas con un grupo de españoles.
En cuanto a la vida en París (y en la France en general), para un español vivir aquí teniendo un sueldo de España, es tremendamente caro. Si en la teoría sabes que existe una gran diferencia entre nuestro nivel de poder adquisitivo y el del resto de Europa, aquí lo confirmas con la práctica.
Caso práctico1: cojo una botella de agua mineral en un supermercado y me pongo en la cola de la caja esperando para pagar. Delante de mi hay un señor con tres cajas metálinas de vino o champán (no lo sé). Pienso que la latas son bonitas, así dibujadas y esas cosas... incluso podría haberle llevado una a mi familia como regalo... La cajera dice el precio 208 euros con algo. ¿COMO? ¿por tres míseras botellas va a pagar esa brutaldad???. Acto seguido el señor sacar de su cartera un billete de 500 euros y un montón de monedas de un bolsillo. Se me ponen los ojos como platos y la mandíbula me llega hasta el suelo. Estoy por pedirle a la cajera que me deje tocar el billete, pues creo que será lo más cerca que pueda estar de uno de esos en lo que me quede de vida. En fin, el señor se va y yo pienso en pagar el agua que tengo, y me planteo en ir a atracar al señor que se acaba de ir con 300 euros de vuelta... Desde luego hay gente que está forrada, ¿no se contagiará eso?. Salgo del supermecado y estando en plenos Campos Elíseos, veo bolsas y bolsas de Dior, Luis Vuitton, y ese tipo de cosas ¿las estarán regalando en algún lado y no me he dado cuenta? Es imposible que haya tanta pasta concentrada por metro cuadrado.
Caso práctico 2: Que un italiano, suizo... (por ejemplo) te diga que las veces que ha estado de vacaciones en España encontró que todo estaba tirado de precio (es curioso, juraría que nosotros no tenemos la misma percepción de la situación, pero bueno).
El caso es que como contraste a esta situación de riqueza, opulencia y bolsas caras, te encuentras con el otro París de barrios bastante más pobres, reuniones en los portales de albergues sociales, gente durmiendo en la calle y grupos de hombres amontanados en una acera que esperan oír su nombre (no saben si han sido seleccionados) por parte de un señor que tiene un tamaño de armario empotrado, y poder así subir en un bus (vigilado por otros 4 armarios empotrados) con destino a un campo de trabajo durante dos o tres días.
En cuanto a si he practicado algo del idioma durante este fin de semana, absolutamente nada (sólo para pedir de comer en un restaurante). Y es que si al principio te giras sorprendido cuando escuchas a alguien hablar español a tu alrededor, al final del día estás tan habituado a ello (repito, no hay más que turistas) que la sorpresa te la llevas cuando oyes a alguien hablar francés.
El vuelo de vuelta sin incidencias, afortunadamente. Salimos puntuales, llegamos puntuales, y si dijeron algo extraño tuve la suerte de no enterarme.
Y me queda una semana... El próximo sábado viajaré... pero a mi casa.
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